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martes, 10 de febrero de 2015

La navaja


Varias gotitas de sudor resbalaron juguetonas por la amplia frente de Juanillo, como el rocío madrugador que recorre con garbo el capó de los vehículos estacionados en la calle en los días fríos de invierno. Concentrado, con la mirada fija en su objetivo, dirigió su mano al cuello del grueso hombre que esperaba nervioso en la desvencijada silla situada en el centro de la pequeña estancia. Sus dedos sujetaron con firmeza la afilada navaja, que brilló por un fugaz instante cuando un mortecino rayo de sol se reflejó en su plateada hoja. Los pliegues de la papada del orondo señor sin duda dificultarían su labor, aunque eso no le preocupaba en demasía a Juanillo. Los años de experiencia delataban su buen oficio. Cientos de gargantas, tal vez más de mil, habían pasado por sus hábiles manos. Se había ganado con creces su merecida reputación, pues ni uno sólo de los hombres a los que les aplicó con tesón el verduguillo por el gaznate se llegó a quejar jamás.
          «Joder, llego justo a tiempo», pensó el inspector Cabanillas, acompañado por varios de sus compañeros del cuerpo, al ver a través del cristal a Juanillo a punto de posar su navaja sobre el pescuezo del fofo caballero sentado en la silla. Cabanillas abrió la puerta con fuerza, y él y sus subordinados irrumpieron con alboroto en el local. Juanillo, asustado por el quebrantamiento de su sosegado quehacer, hendió sin querer en el cuello del gordo la hoja, que cayó después involuntariamente de sus manos impregnada de un hilillo de sangre.
—Menos mal, creíamos que ya habías cerrado —dijo Cabanillas con su profundo vozarrón—. Espero que no te importe que hayamos venido tan tarde los chicos y yo, pero como mañana es Navidad y no abrirás… —dejó la frase sin terminar.
—No te preocupes Cabanillas, tú y tus hombres sois siempre bienvenidos en mi barbería —respondió Juanillo con una sonrisa al ver a tantos clientes para afeitar.
«Genial, con todos estos arreglo el día», reflexionó mientras limpiaba con una toalla la sangre de la pequeña herida que le había hecho al parroquiano sentado, a quien estaba a punto de terminar de repasar la barba. El calor de la estufa y el trabajo a destajo de varias horas sin descanso evidenciaban su cansancio. Sabía que ese día terminaría más tarde de lo habitual la faena, pero bien lo valía el dinero que estaba a punto de ganar. Quizás ahora podría comprar la muñeca que su hija Conchita le pedía con insistencia por carta a los Reyes Magos, o el colgante de plata que tanto le gustaba a Manuela. Otra gota rebelde descendió sin permiso por la perlada frente de Juanillo, lo que le sacó de su ensimismamiento. «Al lío», se dijo a sí mismo el talentoso barbero de barrio mientras le cobraba al gordo, que se fue poco después deseándole una feliz navidad, y sentaba a Cabanillas en la silla, con la navaja dispuesta para un nuevo afeitado.

1 comentarios:

Ricardo Zamorano Valverde dijo...

Un gran relato que ya comenté en tusrelatos, con un final sorprendentemente elegante. Como siempre engañándonos hasta el final.
Saludos.

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