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domingo, 22 de febrero de 2015

La ofrenda



Él esperaba sentado, tenso y rígido como el cemento. El miedo que le atenazaba hizo que el corazón le latiera más deprisa, exportando a través de sus marchitas venas un pánico creciente. Sabía que ya no había vuelta atrás, que la huida era imposible. Un sudor asfixiante le envolvió de la cabeza a los pies. Rogó a Dios en silencio por que todo terminara de una vez. Cerró los ojos con fuerza para no ver cómo se aproximaba hacia su brazo aprisionado el afilado instrumento de tortura. Un escalofrío sacudió todo su enjuto cuerpo cuando ella le asió y levantó la extremidad. El tacto de sus manos enguantadas era gélido. Después, un dolor agudo y penetrante que le llegó hasta lo más hondo de su ser. Seguidamente vio su propia sangre fluyendo sin cesar, provocándole una gran turbación. El horror de esa visión impactante le produjo un mareo acompañado de violentas náuseas. Sintió cómo se desmayaba sin poder evitarlo.
          Una suave sacudida en los hombros le devolvió a la consciencia.
          —¡Pero qué exagerado es usted, don Antonio! Si es un pinchacito de nada —bromeó la enfermera mientras le ponía un algodón sobre el cráter causado por la aguja hipodérmica—. Mejor que se vaya acostumbrando si quiere seguir siendo donante.

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