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lunes, 23 de marzo de 2015

El sabueso



Recorrí con detenimiento la escena del crimen. Mi vista cansada se paseó sin prisa, deteniéndose una y otra vez. Un cordón policial delimitaba el perímetro, cuyo epicentro lo constituía el cadáver de una anciana tumbada boca arriba. Su diminuta estatura y la deformación de su boca y nariz, provocada por una operación estética que no salió bien, me resultaron inconfundibles, era la archiconocida marquesa de Valdeprado, mecenas del arte y señora devota entregada a la caridad. Presentí que su trágica muerte haría correr ríos de tinta y habladurías. No todos los días aparecía salvajemente liquidada una grande de España.

      
      Alrededor de su cuerpo un sinfín de cartelitos amarillos escoltaban las numerosas pruebas halladas en el lugar de los hechos. Había joyas y billetes esparcidos por el suelo. Eso me hizo descartar un posible robo como elemento motivador. Las causas del luctuoso crimen debían ser por tanto otras. El desorden imperante hacía indicar que el asesino o asesinos buscaron con frenesí algo que la anciana marquesa tenía en su poder. Algo valioso pero a priori sin un valor económico material. ¿Una información importante?, ¿o quizás se tratara de un objeto personal? Varias huellas ensangrentadas de pisadas diferentes rodeaban el cadáver. Las cuentas del rosario de la pobre vieja estaban desparramadas por doquier sobre la alfombra de la estancia como aceitunas en una tolva en plena cosecha. No había rastro del arma homicida, pero el amplio boquete en la frente, por el que saludaban con timidez trocitos de masa encefálica y fragmentos del cráneo, no dejaba lugar a dudas. La habían disparado a bocajarro con un arma de fuego de gran calibre, casi con toda probabilidad una escopeta.
         El olfato de sabueso del que tanto me gustaba jactarme se puso de inmediato en marcha para intentar recomponer el homicidio. Empecé a unir conjeturas e indicios como si se tratara de un puzzle de miles de piezas. En la libreta fui anotando cada detalle. No descarté nada por insignificante o inconexo que me pudiera resultar con el brutal asesinato. Cuando consideré suficientemente analizada la escena del crimen, cerré la libreta y doblé las páginas del truculento semanario de sucesos. Para entonces, la taza de café y las tostadas ya estaban más frías que la propia muerta. Había estado más de media hora absorto en la lectura del enigmático caso, impactado por la crudeza de las fotografías que lo acompañaban. Acabé con el desayuno en un santiamén y a continuación me levanté y fui directo al escritorio de mi habitación, donde me aguardaba mi querida y oxidada Olivetti. Tenía un material de partida de lo más jugoso. En mi fantasiosa imaginación se fue dibujando el argumento de una nueva novela negra que esperaba me devolviera a la senda del éxito tras mi desastrosa incursión en el género romántico.

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