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sábado, 25 de abril de 2015

El tren de la bruja


El tren apareció de la nada con un traqueteo renqueante al doblar una suave colina. Desde la pequeña chimenea de la locomotora ascendía de forma graciosa una nube de vapor grisáceo que parecía no tener fin. La velocidad del convoy aminoró cuando el maquinista redujo la marcha. Con una última frenada el tren alcanzó finalmente el andén. Los pasajeros habían llegado a su destino después de un largo trayecto de varios días. 
        Nada más detenerse, los guardias uniformados abrieron de par en par las puertas de los vagones de carga y ésta fue descendiendo. El pasaje era de lo más variopinto: niños, jóvenes y viejos. Hombres y mujeres de todas las edades y procedencias distintas. Pasados diez minutos, los guardias los separaron en dos grandes grupos. El primero enfiló en dirección hacia un complejo de edificios entre los que despuntaban dos enormes y amenazadoras chimeneas de ladrillo rojo de las que emanaba una densa columna de humo. Un humo mucho más oscuro y siniestro que el del ferrocarril. El otro grupo avanzó en fila india en dirección contraria, cruzando una doble puerta de entrada sobre la que reposaba una inscripción en letras metálicas que rezaba Arbeit macht frei.
      Irma Grese, la bella bestia, contemplaba la penosa procesión con arrogancia aria a través del cristal de una de las ventanas del cuarto de las SS Oberaufseherin. Excitada como una perra en celo ante la llegada de más prisioneros, la joven bruja rubia sonrió en una mueca cruel. Extendió la mano y acarició con ternura el látigo que hacía las veces de escoba y con el gozaba fustigando a placer hasta la extenuación a las presas durante las “selecciones”. Muy pronto volvería a darle uso.

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