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domingo, 31 de mayo de 2015

A través de las llamas


I

—¡Piedad! ¡Os lo suplico, tened piedad! —el miedo y la desesperación impregnaron mi ruego.
          Nadie respondió ni hizo caso a mi petición de clemencia.
          Rodeándome en círculo, se congregaba una multitud embozada en togas negras. No podía apreciar sus rostros pues a la fuerte penumbra del lugar en que me encontraba había que añadir el hecho de que todos los presentes lo llevaban cubierto con un capuz. Desde mi posición lo único que percibía de ellos era la siniestra letanía que recitaban sin cesar, que me puso el vello de punta aún más si cabe, helándome la sangre por completo. Por más que agucé el oído no alcancé a entender el significado de ese extraño salmo, entonado en un idioma ininteligible para mí. La cadencia armoniosa con que los encapuchados cantaban en una sola voz contrastaba con el sonido de las palabras que salían de sus gargantas, expulsadas con violencia en una especie de gorjeo gutural, abrupto y áspero. Jamás había escuchado algo semejante, a pesar de todas las lenguas que conocía y los conocimientos que atesoré a lo largo de una vida de erudición y aprendizaje continuo. La ignorancia acerca de la melodía coreada acrecentó mi terror.
          Asustado, intenté moverme, mas apenas pude estirar la cabeza, pues el resto de mi cuerpo se encontraba sujeto con firmeza a un poste de madera. Me dolían las muñecas y los tobillos de lo fuerte que me habían amarrado al palo. Con tanto ímpetu me habían atado a la madera que la poca sangre que aún quedaba en mis arrugadas venas luchaba con denodado esfuerzo por llegar a mis extremidades. Antes de que ligaran mi decrépita carne a la viga me vistieron con un sayón blanco pintado con toscos dibujos de demonios y llamas. Sobre la testa me colocaron una caperuza de cartón de tres pies de altura. Las gentes vulgares acostumbraban nombrar a tal atuendo sambenito. Debajo de mí, los rastrojos y la leña seca que habían colocado para iniciar la combustión completaban la hoguera. Antes de que los encapuchados empezaran a cantar la misteriosa salmodia, dos de ellos rociaron abundantemente con aceite la base de la pira. Sin duda querían asegurarse de que ardiera bien.
A mi derecha, a una distancia no muy grande, las llamas consumían vigorosas la estaca en la que otro desgraciado como yo profería alaridos de dolor y desesperación. Los lastimeros aullidos de mi infortunado compañero de tormento se clavaban en mis oídos como punzantes agujas. El desamparo me invadió, pronto sería yo el que los vomitaría. Más allá del recién quemado se inflamaban más fogatas de otros condenados, iluminando un auténtico bosque de piras encendidas, un mosaico resplandeciente que rompía la oscuridad de aquel páramo desolado en el que sólo había rocas y cenizas. Presto, el denso humo y el olor de la carne chamuscada impregnaron el ambiente de una atmósfera de muerte y sufrimiento. El hedor era espantoso, inaguantable, provocándome continuas oleadas de nauseas cada vez que respiraba. Hasta donde me alcanzaba la vista, contemplé con horror que el auto de fe del que formaba parte era multitudinario.
          No pocas veces había visto la escena antes. La diferencia radicaba en que esta vez yo me encontraba al otro lado, en el bando de los quemados en lugar del de los quemadores. Nunca imaginé lo irónico que podía llegar a ser el destino. Un viejo refrán decía que «quien a fierro mata a fierro muere». En mi caso, el fierro que habría de acabar con mi vida eran las lenguas de fuego que pronto me arroparían. No me hacía ilusiones sobre el destino que me aguardaba. Conocía a la perfección el proceso de ignición, mejorado eficazmente con madera de encina y carrascas para que la lumbre ardiera más despacio y de ese modo se prolongara la agonía del condenado. Cuando se trataba de hacer sufrir, no se le hacía ascos a la modernidad y a la evolución tecnológica. Todo ello en pos de una crueldad que no conocía límites.
          A pesar de ello, supliqué nuevamente. Nada perdía por intentarlo. Quizá con suerte me preguntarían si quería abjurar de mi error. Les diría que sí con tal de evitar el abrazo de las llamas. Luego con toda seguridad me darían garrote. Moriría de todas formas, pero el suplicio del fuego no era en absoluto comparable a la rápida muerte causada por el tornillo y la argolla.
—¡Os lo juro! No soy yo ese a quien buscáis. Os confundís de hombre. Yo sólo soy un humilde siervo de la Santa Madre Iglesia. ¡Jamás caí en la herejía! Siempre he sido fiel a la verdadera fe, a Cristo nuestro salvador.
          Mis penosas imploraciones volvieron a ser ignoradas por segunda vez. Los embozados siguieron con su desquiciante cacofonía, mas no fue por mucho tiempo.
De repente, la letanía cesó cuando se produjo un estampido seguido de un fogonazo. De la nada emergió otra figura envuelta en sombras. Uno de los arrebujados le alcanzó al desconocido una tea encendida. La inestable llama de la antorcha se reflejó en su cara, alumbrando un rostro que me resultó siniestro pero sin embargo apuesto. Una pulcra y recortada perilla de chivo surgía de su barbilla. Pero sin duda lo que más me llamó la atención de su faz eran sus ojos, de un amarillo innatural, avieso, que reflejaban el mismo mal. La mirada que transmitían, abyecta, cargada de una mezquindad insondable, me paralizó por completo. Parecía que a través de ellos podía penetrar en mi mente y leer mis pensamientos y secretos mejor guardados.
No tardé en comprobar que así era en efecto.
El pánico se apoderó de mí cuando percibí cómo el extraño hombre, mucho más alto y fornido que los que le acompañaban, hurgaba y revelaba en lo más profundo de mí las ignominias que cometí tiempo atrás.
          —¿Piedad suplicáis? ¿Acaso la tuvisteis vos con vuestros enemigos? ¿Cuántos de los que condenasteis a las brasas eran dignos de tal enmienda? —su seductora voz me nublaba el juicio, atrayéndome como una melodía hipnótica—. ¿Por qué he de tener clemencia con vos si os merecéis morir así mil veces? No, no hallaréis misericordia en mí. Yo sólo soy el brazo ejecutor del justo castigo que se os ha impuesto. Y voto a tal que vuestra pena se ha de cumplir aquí y ahora —acompañó las palabras con una sonrisa demente que delataba el placer que experimentaba al decirlas, al tiempo que arrojó la tea encendida al pie de mi hoguera.

II

          Los rastrojos se avivaron rápidamente, iluminando un fulgor que semejaba la sombra de gigantes deformes. Las ramas se consumieron con virulencia, creando una densa capa de humo. El aceite que las empapaba no hizo sino acelerar la prendida.
Al principio no sentí nada. Sólo un agradable cosquilleo en los pies provocado por el súbito aumento de temperatura. Y un picor insoportable en la garganta. El humazo me asfixiaba, arrancándome violentos accesos de tos.
Poco rato después, cuando el fuego ya era estable, comenzaron a crepitar con fuertes chasquidos los leños de la base. Fue entonces cuando sentí de verdad el calor. Las llamas lamían en lengüetazos extraños e incesantes los troncos apilados en la parte baja de la hoguera, acercándose peligrosamente a mis pies.
Las ascuas incandescentes no tardaron en alcanzarlos.
          Grité. Grité sin parar. Aullidos de dolor emanaban de mis ya intoxicadas cuerdas vocales. La piel de mi vetusto cuerpo se combó al incendiarse, justo como hacen los pergaminos o el papel al ser arrojados al fuego. Encogiéndose y ennegreciéndose.
          Pronto me convertí yo mismo en una tea humana, ardiendo desde los pies descalzos hasta mi tonsurada cabeza. Lo peor fue sentir el olor de mi propia carne friéndose, una pestilencia repulsiva e imposible de ignorar. Aguanté la respiración en un vano intento de evitarla. Pero era inútil. Aquel hedor se impregnó tan adentro de mí que incluso aunque careciera de sentido del olfato seguiría oliéndolo.
          Las extremidades se convirtieron en muñones al rojo vivo, desgarrándose y dejando ver los huesos, que pasaron del blanco al negro en un súbito abrir y cerrar de ojos. Los órganos internos se abovedaron igualmente al ser atrapados por el inmenso calor, chamuscándose y rompiéndose en pedazos. Ambos ojos me estallaron como burbujas de vidrio en un taller de cristalero, derramando un líquido caliente y pegajoso que se deslizaba hacia abajo por mis mejillas.
          Seguí profiriendo alaridos desesperados mientras me iba transformando en una horrible masa informe de piel, carne, huesos, leña y cuerdas. Aunque no veía nada, supuse que el resplandor de mi hoguera debía de alcanzar ya una gran altura de tanto rato que llevaba ardiendo.
Sin embargo, seguía sin perder la consciencia. Me asombró y estremeció el que aún siguiera vivo. Tendría ya que estar muerto después de tan prolongado tormento. No lo entendía, parecía que la parca se burlaba de mí, evitando ir a mi encuentro y extinguiendo al fin semejante agonía. Liberándome del sufrimiento, de aquel dolor inimaginable e inmerecido para cualquier hombre.
          Una sonora carcajada que provenía de frente me sacó de mis cavilaciones de condenado a muerte que no muere.
          —¡Jajajaja! ¿Queréis saber por qué no habéis muerto todavía? —reconocí al instante la voz del aterrador hombre que arrojó la tea encendida a mi hoguera—. Os lo diré, no sufráis. Saciaré vuestra curiosidad en un momento. Pero antes os concederé algo de descanso a vuestra torturada alma.


III

          Como por arte de magia, volví a aparecer de repente amarrado al palo. La pira estaba apagada, como todas las demás que habían estado prendiendo hasta hacía bien poco. Recuperé mi cuerpo destrozado por las llamas. Volví a tener ojos y a poder ver, a tener brazos y piernas, mas para qué, si estaba aprisionado de nuevo. Otra vez frente a mí se encontraba aquella multitud oculta en las capuchas de sus negras togas, entonando el funesto cántico que precedió a mi combustión. La noche había dejado paso al día. Un plomizo sol de color carmesí se derretía en lo alto del cielo. Un bochorno asfixiante lo inundaba todo. Pude observar con más detenimiento el lugar en el que me encontraba. Un paraje desolado, donde ni un solo árbol crecía ni se veían construcciones o caminos. Allí únicamente había piedras, polvo y cenizas. Una extensión infinita de nada, carente de cualquier rastro de humanidad. La vida y la alegría jamás se atrevieron a asomarse en aquel agreste país.
          —¿Dónde me encuentro? ¿Qué lugar es éste?
          —Vos, mi fiel siervo de la Santa Madre Iglesia, como os hicisteis llamar antes, os encontráis en el lugar que os corresponde. Para el que hicisteis méritos todos estos años. ¿Veis aquella hoguera? —señaló con una fina mano a mi derecha, a la fogata en donde quemaron al primer condenado al que vi arder—. En ella se encuentra el señor Juan Calvino, pagando justamente como corresponde por sus impíos pecados. Más allá tenéis a Bertrand de Got, más conocido como su santidad Clemente V. Ahh lo olvidaba, al fondo, en esa bonita pira, está vuestra gran amiga, su piadosa y católica majestad Isabel de Castilla. Ya va siendo hora de que vuelvan a meditar sobre sus errores —sonrió burlón.
 Al momento dichas lumbres prendieron prestas, volviéndose a preñar el ambiente de humo, desesperación, gritos, y el horripilante hedor de la carne quemada.
—También hay para vos, no os preocupéis —dijo en tono mordaz—. Tenemos toda la eternidad por delante. Expiareis vuestras culpas en el fuego eterno de la justicia. Solo a través de las llamas os redimiréis.
Y volvió a arrojar sobre la base de mi hoguera una antorcha encendida salida de la nada. De nuevo me vi envuelto en el abrazo de aquellas lenguas incendiarias.

Un ritual que yo, Tomás de Torquemada, Inquisidor General de Castilla y Aragón, llevo viviendo cada día durante más de cinco siglos.

1 comentarios:

Ricardo Zamorano Valverde dijo...

Un relato brillante (y no por el fuego que desprende) narrado en un estilo que me ha recordado a Poe. Nos describes de una manera visual y descarnada la muerte en la hoguera de un hombre que nos narra todo en primera persona, logrando una ambientación llena de desesperación, miedo y dolor. Y durante todo este tiempo, nos preguntamos quién demonios es ese hombre, y por qué está en esa situación. Para nuestro asombro, una vez que es quemado, no muere, si no que todo vuelve al principio, y ya nos vamos formando la idea del lugar en el que se encuentra. Finalmente nos revelas quién es, y nos sorprendes, porque estamos ante personajes históricos reales... Y dejamos de sentir pena por él.
Un relatazo más largo de lo habitual, lo que hace que demuestres tu gran habilidad para escribir.
Un saludo, Enrique.

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