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domingo, 17 de mayo de 2015

Pequeño monólogo interior del señor Blesa

Todavía no entendía que demonios pintaba yo allí, de pie ante un fiscalucho sabiondo y un juez de tres al cuarto que no paraban de hacerme preguntas incómodas. Esta vez no me quedó más remedio que acudir a la citación. No tuvieron bastante con eso. Para mayor escarnio público me hicieron el paseíllo ante una nube de fotógrafos a la entrada del juzgado. Aún no sabían quién era yo. Es más, me preguntaba con qué autoridad se atrevían a hacer algunas de sus insinuaciones sobre mí. Si acabé con la carrera del calvo aquel esto iba a estar chupado. Sólo era cuestión de mover algunos hilos. 
             Eso pensaba.
          ¡Qué ingenuo había sido hasta entonces! Hasta el momento en que después de una hora de soporífero e intrascendente interrogatorio sacaron a colación lo de la contabilidad. Ahí supe que me tenían bien cogido por los huevos. Por primera vez me puse nervioso. Bebí un sorbo del vaso de agua que tenía delante. La atmósfera se había tornado asfixiante en cuestión de segundos. Cada nueva pregunta era un torpedo directo en la línea de flotación de mi defensa, que hacía aguas ante la sonrojante evidencia de que no tenía escapatoria.
             —¿No sabía usted que los gastos de esas tarjetas no estaban siendo contabilizados?
          Intenté eludir responsabilidades con la depurada técnica de hacerme el imbécil. A Rajoy, la infanta Cristina y unos cuantos más les había dado excelentes resultados.
          —No, a mí nadie me dijo nada, no lo sabía. Nadie me dio ninguna explicación sobre las tarjetas.
             Pero no salió bien.
            —¡A usted nadie tiene que explicarle nada! —me replicó rabioso el fiscal —. Era usted el que tenía que explicarlo. ¡Era el presidente de la caja!
             Decidí insistir un poco más en mi estrategia.
            —Sí, yo era el presidente, pero no tenía conocimiento de ello. Vuelvo a decirle que a mí nadie me contó que las tarjetas no se contabilizaban.
          Me relajé un breve instante confiado en que había ganado el asalto. Fue entonces cuando el juez me desarmó totalmente:
           —Con lo tonto que dice ser usted, ¿no se preguntó por qué ocupaba el cargo de presidente de la caja más grande del país?
          No supe qué decir ante semejante dardo envenenado. Sabía perfectamente cuál era la respuesta, pero era tan dolorosa y sincera que airearla a los cuatro vientos ahondaría aún más en nuestro descrédito. Decir la verdad explicaría buena parte de los males del país.

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