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lunes, 15 de junio de 2015

Cuando todo empezó

Cuando le tendí la mano parecía desorientado, con cara de no entender nada. Al poco lo entendió todo. La tristeza que emanaba de su rostro sugería que comprendía lo que había pasado y qué hacía yo allí. Lo cierto es que lo asimiló de forma bastante serena, con entereza. Otros por desgracia reaccionan de un modo bastante irracional. Pero no fue así en su caso. La única duda que seguía teniendo era porqué había ocurrido. Lamentablemente no le supe responder, tampoco yo alcancé a entenderlo jamás.
Me dijo que se llamaba José Ángel. Estuvimos charlando largo rato mientras hacíamos el camino de vuelta. Me habló de su vida hasta ese momento. Así descubrí que era gallego de pura cepa, que había nacido hacía veinticinco años en el municipio coruñés de Malpica de Bergantiños, en el corazón de la Costa de la Muerte.
José Ángel me dijo que tuvo siempre claro desde pequeño lo que quería ser de mayor. Según él, siguiendo los pasos de su padre y de su abuelo, ingresó muy joven en la Guardia Civil para continuar con una tradición familiar que era para él un orgullo y una salida profesional más que digna en aquellos duros tiempos marcados por la escasez de oportunidades y la emigración masiva de la juventud hacia las grandes ciudades y el extranjero. Sobre todo según me dijo teniendo en cuenta que nadie le había regalado nada en su corta vida. Huérfano de madre desde niño, y ayudado por los maternales cuidados de su tía, me relató con morriña que fue creciendo con normalidad primero en su Malpica natal y después en los diferentes destinos de su padre. Desde joven, fue encadenando un trabajo tras otro. Me contó que gracias al dinero ganado contribuía a la economía familiar, ayudando de ese modo a que sus hermanos menores pudieran estudiar, hasta que por fin pudo ingresar en la Benemérita. Su primer destino fue Asturias, donde me dijo que realizó un curso de tráfico, para acabar recalando poco después en Guipúzcoa. Allí terminó por instalarse y fue donde conoció al amor de su vida, Emilia. Con lágrimas en los ojos, me confesó que la echaría de menos, pero que la esperaría el tiempo que hiciera falta. Esa vana esperanza le llenó de ilusión.
A mí se me hizo un nudo en la garganta al oírlo. Tardaría en reencontrarse con ella muchos, muchos años.


***

Lo estuve esperando ese día desde bien temprano. Me avisaron por sorpresa que tendría que presentarme ante José Ángel por la tarde, de modo que me dirigí de madrugada hacia su residencia. Cuando llegué, un gallo cantaba alboradas no muy lejos.
 Ese día, al igual que los anteriores de la semana, el amanecer realizó su madrugadora ofrenda diaria. Poco a poco el sol derritió la noche erguido en un límpido cielo azul que derramaba con regocijo su dorado abrazo en una radiante mañana de primavera.
Desde la penumbra de su habitación, advertí en silencio cómo se levantó a la misma hora de siempre. Cuando terminó de ducharse y ponerse el uniforme se encaminó a la cantina de la casa-cuartel, donde desayunó con varios de sus compañeros entre chanzas de picoletos y risas llenas de vitalidad. Después, fue directo a su puesto en el edificio de la comandancia de tráfico de San Sebastián. Encima de su mesa le esperaba una montaña de papeles. Creía que le aguardaba una agotadora jornada sumergido entre informes, denuncias y demás trámites administrativos. Nada más lejos de la realidad.
Poco después vi aparecer al comandante del cuartel. A su llegada José Ángel y su compañero se levantaron de sus respectivas sillas y se cuadraron ante él. El comandante empezó a impartir órdenes con un tono cargado de marcialidad.
—Pardines, tú y de Diego os encargaréis hoy del tráfico en la Nacional I en Villabona, kilómetro 446. Hay obras en la carretera y uno de los carriles está cortado. Dirigiréis los coches en un sentido mientras los del otro están parados.
Ambos guardias civiles partieron al cabo de unos minutos a su destino montados en sus motocicletas.
Me costó seguirles el paso de lo rápido que se desplazaban.
Tal y como les había comunicado su superior, el lugar estaba en obras, al parecer unos simples trabajos de mejora a lo largo de dos kilómetros en la N-I que comunicaba Madrid con Irún y por ende con la frontera francesa. Cumpliendo con las órdenes recibidas, los dos agentes se pusieron a encauzar el sentido de los vehículos, turnándose a tal efecto. La tarea era en verdad bastante sencilla. José Ángel indicaba a los conductores que viajaban en dirección Irún que continuasen mientras su compañero, al que el comandante se refirió como de Diego, en el otro extremo de la obra, impelía a los que iban camino de Madrid a detenerse. Cuando no había más vehículos hacia Irún, de Diego autorizaba a los que tenía parados a continuar y José Ángel cortaba el paso a los que llegaban a su puesto de control.
Las horas transcurrían con monótona normalidad bajo un tórrido sol que anunciaba la llegada del inminente verano. Observé con aburrimiento cómo coches y camiones iban y venían en una interminable marcha. Aún era pronto, por lo que decidí echarme un rato a la sombra de un gran árbol a descansar y protegerme de la fuerza del sol.
La tarde estaba en su apogeo cuando José Ángel lo vio venir de lejos desde su puesto de control de tráfico. Me resultó curiosa la forma en que reparó en ese coche nada más asomar tras una curva. Era un modelo que llamaba fácilmente la atención de cualquiera. Se trataba de un moderno Seat 850 coupé color blanco, más grande y potente que su antecesor, el legendario Seat 600. Por lo que me fue dado a entender en anteriores visitas de trabajo en calles y carreteras, sabía que el 850 era el coche del momento, la última sensación, el objeto de deseo de una incipiente clase media española que dejaba atrás una larga etapa de privaciones para dar la bienvenida a una era de comodidades y lujos asequibles. Desde mi posición distinguí como José Ángel miró con detenimiento el Seat a medida que se acercaba al sitio donde él estaba parado junto a su moto. En su interior iban sentados dos jóvenes de apenas veinte años.
Creo que él supo de inmediato que algo no iba bien en cuanto ignoraron su orden de detenerse. Apenas pudo captar la matrícula mientras el Seat pasó de largo ante sus ojos. Z-73956. Cinco números y una letra que marcarían su destino. Se ajustó la capa y el arma reglamentaria y a continuación se montó en su moto. Fue tras ellos como una exhalación.
Yo me levanté también y les seguí a una distancia prudencial. No quería perder detalle de la escena que se iba a desarrollar.
Les dio el alto un poco más adelante, a la altura de una yesería. Cuando el Seat se detuvo por fin, él se acercó a la ventanilla del conductor y tocó en ella con los nudillos. El conductor la bajó y José Ángel hizo el saludo de rigor.
La primera impresión que me llevé fue la de que eran dos chavales corrientes como él, sin nada raro que esconder. Él me dijo después que tuvo la misma sensación. Les pidió la documentación. En apariencia todo transcurría con normalidad. Sin embargo intuí que para él algo seguía sin encajar. Ambos se bajaron del Seat siguiendo sus indicaciones. Parecían nerviosos.
Seguidamente José Ángel abrió el motor y se agachó. Observé cómo comenzó a cotejar el número del bastidor con el que aparecía en los papeles. Según me contó así fue como averiguó que el vehículo era robado.
Los dos jóvenes, situados detrás de él, cuchichearon algo ininteligible. Afanado en la inspección del coche, él no les prestó atención.
—Esto no coincide… —dijo en un susurro.
El horror de lo que aconteció después me sobrecogió, mas no pude evitarlo. José Ángel no alcanzó a ver cómo uno de los dos chicos sacaba una pistola oculta hasta ese momento y le apuntaba con ella a la cabeza. Duró apenas una fracción de segundo. Sin embargo para él en ese instante se detuvo el tiempo. No sintió nada, sólo el vacío apoderándose de él. Ya no era nada, nada había para él. La vida se burlaba de ese pobre muchacho. Después de esa fría y certera bala llegaron varias más. Pero para entonces él ya estaba muerto. Muerto heroicamente en acto de servicio. Asesinado a sangre fría por la espalda, de forma cobarde, como las alimañas acostumbran a hacer.
Fue entonces cuando por fin me vio.
Me dijo que se llamaba José Ángel Pardines Arcay. Aún recuerdo bien su nombre, pues él fue el primero de una larga lista de víctimas a las que recogí. Con él empezó todo.

***

Ocurrió el primer viernes de junio de 1968. Hace casi cincuenta años ya de aquello, pero mi memoria perenne no lo ha olvidado. Aún sigo preguntándome el porqué, cuál fue el motivo que llevó a esos chavales a matar a José Ángel y ponerlo en mis gélidos brazos.
Jamás supe la razón, pero sí que comprendí que ese día sería recordado tristemente en la memoria de los españoles como la del nacimiento de un monstruo atroz que perduraría varias generaciones. Un engendro que a cuentagotas fue segando, una tras una, a veces varias de golpe, cientos de vidas, obligándome a trabajar a destajo en ocasiones. Hombres y mujeres como José Ángel, extirpados con vileza en sus mejores años. Jóvenes, ancianos y niños. Agentes de la ley, militares o civiles que tuvieron la desgracia de encontrarse en el sitio y en el momento equivocado. O que con su valiente voz denunciaron el muro de silencio del que la barbarie se sirvió para actuar con total impunidad durante tanto tiempo. Yo fui testigo de cómo esa jornada alumbró un terror que no entendería de distinciones y que se limitaría a cumplir de forma eficaz con su frío y sanguinario propósito. Familias destrozadas por la sinrazón y un sinfín de vidas arrebatadas por un ideal absurdo que justificaba la violencia como su único medio de expresión. Fue todo lo que consiguieron.
Eso, y que yo tuviera que hacer acto de presencia cada vez que mataban.

Recuerdo que todo empezó ese día, un viernes 7 de junio de 1968.

4 comentarios:

Carlos Caro dijo...

Enrique, tengo una propuesta que hacerte ¿Me puedes escribir a mi correo? Esta en mi perfil. Dime si no donde te la hago llegar. Gracias y un abrazo.

Ricardo Zamorano Valverde dijo...

Ignoraba lo ocurrido en esa fecha, y también que este relato se trataba de una historia real, de modo que al terminar de leerlo, he buscado información y descubierto la verdad que se esconde tras esta ficción en parte. Narras un hecho real, pero desde una perspectiva fantástica, desde el punto de vista de quien se lleva a las víctimas: la Muerte. Yo he descubierto que el narrador era la Parca al acabar el primer tramo del relato, antes de la foto, aún así seguía interesándome la historia de José Ángel, quería saber cómo murió, y tú has descrito la escena como siempre haces, con una gran narrativa y demostrando el control de la literatura.
Un abrazo, Compañero.

Enrique dijo...

Gracias por comentar Ricardo. Es una historia que decidí escribir porque me impactó mucho al conocerla. Me alegra que te gustara y te parezca bien narrado. Pasé muchas horas revisándolo jeje. Saludos.

Ana Madrigal Muñoz dijo...

Hay que ponerse en la piel de las víctima para sentir el dolor que trae el terrorismo. Me gusta como has contado la historia. La muerte es una narradora objetiva que no cae en la sensiblería. Tal vez por ello queda más al descubierto el dramatismo del relato. Una gran historia, Enrique. Te felicito y te mando un abrazo

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