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martes, 25 de agosto de 2015

Vendetta a la leonesa

Agazapadas entre los soportales de una plazoleta barroca, la vieron salir del portal, ataviada con un hortera abrigo de leopardo, gafas de sol Rayban y unas espantosas botas de cuña alta color rosa. La siguieron a lo largo de toda la ciudad antes de culminar su tantas veces ensayado plan. El sitio elegido era el estrecho puente que unía las dos orillas del Bernesga. La angosta pasarela era perfecta para disparar a bocajarro y salir huyendo raudas acto seguido.
Una oleada irrefrenable de rencor acumulado las inundó durante todo el trayecto. La alcanzaron cuando se encontraba justo a mitad del puente. Sin mediar palabra, disparo tras disparo, sintieron como se iban reparando todos los agravios pasados. El Smith & Wesson .38 special humeó tras el frenesí de plomo escupido con una zigzagueante estela grisácea. Agonizando en su propio charco de sangre, les dirigió una última mirada feroz. Sus ojos de cacique, desafiantes, parecían retarlas: «si pudiera despertar después de morir, os arrancaría la piel a tiras». Una última y certera detonación apagó el brillo de sus pupilas para siempre en esa soleada y fresca mañana primaveral. Después, madre e hija se abrazaron, felices.

2 comentarios:

Ana Madrigal Muñoz dijo...

Admiro tu talento para contar toda una historia con tan pocas palabras. Con tu estilo sobrio al que no le falta nada pero tampoco le sobra ni una coma. Te felicito, Enrique, y te mando un saludo

Enrique dijo...

Muchísimas gracias por tu amable comentario Ana. Se hace lo que se puede en cuanto al estilo y las historia jeje, lo importante es no dejar nunca de escribir. Saludos.

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