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sábado, 5 de septiembre de 2015

Knockin' on hell's door

Siempre imaginé que el infierno sería tal y como nos lo describía todos los domingos don Bartolomé, nuestro cura de toda la vida. Un lugar horrible repleto de ríos de lava y nubes de azufre, donde la angustia y el sufrimiento de tormentos inimaginables no tenían fin para aquellos desdichados que moraban allí. «Es donde van a parar las almas de los que pecan y obran mal», solía repetirnos sin cesar el párroco en una de aquellas letanías eternas.

          Yo no recordaba haber pecado ni haber hecho nada malo en mis nueve años de vida. Y sin embargo era consciente de que me encontraba allí. No necesité llamar a las puertas del infierno, estas se abrieron solas en cuanto murió mi madre. En mi averno no olía a azufre ni había pequeños diablillos danzando a mi alrededor al son de risas maquiavélicas. Tampoco había lava ni espantosos instrumentos de tortura a los que me ataban. Sólo el crujir de las escaleras cuando él regresaba a casa. Mi demonio apestaba a celtas y a whisky barato. Aparecía todas las noches con la camisa desabotonada y el cinturón en la mano, luciendo aquella sonrisa torva que me helaba la sangre. Aquel monstruo al que tanto temía era el mismo al que en una época me atreví a llamar «papá».

3 comentarios:

Ana Madrigal Muñoz dijo...

Qué duro y por desgracia, qué real. Cuántos niños viven atemorizados por los malos tratos de quien más debería protegerlos. Excelente, Enrique. Te felicito.

Ricardo Zamorano Valverde dijo...

Estremecedor relato. Una dura historia contada por un hombre cuya infancia fue tan horrible que la compara con el infierno, pero no un infierno como el que le habían descrito en la iglesia, si no un infierno diferente y real, en el que se encontraba en vida. Un tema tratado con originalidad y crudeza.
Saludos, Enrique.

Enrique dijo...

Así es, es un tema durísimo y muy actual. Teniendo un sobrino de dos años y medio que es un sol me resulta incompresible y atroz que haya niños que sufran maltrato. Y más aún, como bien señalas Ana, si procede de quien más tiene que protegerlos. El título y la idea como os habréis percatado viene de la famosa canción de Bob Dylan. Con este relato participo en un concurso de poesía y narrativa ambientada en o por sus música. Abrazos a los dos.

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